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Cruceros

La obscenidad de los cruceros cristianos

Una de las series de televisión más bizarras de la historia es The love boat. O sea, Vacaciones en el mar, que ya que soy ese tipo que vive encerrado en un despacho para ir traduciendo títulos, pues lo cambio un poco. Su punto ingenuo, blanco y de pequeño vodevil tenía su encanto, oigan —supongo que la, ahora, encumbrada nostalgia de los 80 tendrá algo que ver—, pero debemos admitir que la serie no era, precisamente, una maravilla.

Eso sí, me encantaban —lo siento, un guilty pleasure de prepúber y adolescente— las cenas de gala con el capitán Stubing, ese señor de traje blanco y dentadura ídem; las peripecias del sobrecargo Gopher, un tipo con pinta de empollón algo patoso; los chascarrillos del barman Isaac —esa cuota racial que, vista en perspectiva, no hacía más que perpetuar clichés colonialistas—, o la ñoñería eterna —tanto azúcar por metro cuadrado no podía ser bueno— de la relaciones públicas Julie, una mujer a una sonrisa pegada que hacía que las Misioneras de la Caridad de Calcuta parecieran un ejército de asesinos a sueldo.
El gran aliciente, y acierto, de la serie era contar con actores invitados que, a pesar del rollo romanticón y amable —desconfíen cuando es en exceso—, le daban algo de enjundia al tema, desde Leslie Nielsen, Joan Collins y Tom Hanks hasta Vincent Price, Gina Llollobrigida, Lillian Gish y el mismísimo Andy Warhol. Por ahí corría Aaron Spelling, claro, el productor estrella de la época, culpable de joyas como Starsky&Hutch, Los ángeles de Charlie o Los Hombres de Harrelson, aunque también edulcoró adolescencias varias con Melrose Place o Beverly Hills 90210, con el agravante de intentar hacernos creer que su hija Tori era buena actriz.

Llegamos a odiar el nombre de Puerto Vallarta, allí donde siempre atracaba el barco para que los viajeros fueran, a su vez, atracados por vendedores de abalorios a precio de Tiffany’s. Tramas previsibles, de lágrima fácil, con la tensión justa y mucho, mucho, mucho brillo al más puro estilo Technicolor, con pasajeros tomando daiquiris con sombrilla, zambulléndose en una piscina algo justita y disfrutando de una omnipresente banda de estándars americanos dando la brasa en los salones. Un par de décadas más tarde tuve la oportunidad de ir a mi primer, y único —y, seguramente, último— crucero. Sonará raro, pero la verdad es que fue por trabajo, para hacer un reportaje.

Y sí, todo muy bonito. Bueno, bonito el primer día, cuando te das cuenta que vas a pasar una semana en una cárcel en alta mar repleta de comedores de bufet libre; salas de conciertos con cortinas algo ajadas y aire más que decadente; salones de juego sin una mísera ventana para dejarte el sueldo en las tragaperras o el black jack; salones para comer —¿pero no hay bufets libres disponibles?— a cualquier hora y con cualquier sabor del mundo —indio, mexicano, surcoreano, mozambiqueño, lo que quieran, y todo decorado como las mejores atracciones de Port Aventura—; gimnasio —nunca había nadie—; piscinas redondas, ovaladas o trapezoidales, pero piscinas al fin y al cabo; y hasta una biblioteca, lo juro por Julio Verne, que más parecía un rincón diseñado por algún señor Kärl Hölstrom de Ikea con un puñado de libros viejunos, una mesa y sillones a medio camino entre un rastro cutre y aquellos muebles que algún avispado deja de madrugada al lado de los contenedores. Un crucero acaba siendo como una ciudad.

Algo claustrofóbica, pero ciudad. Una ciudad extraña. Ya no quedan otras, dijo un día un poeta polaco. Eso es un crucero. Un escaparate con caramelos apetitosos que, cuando se prueban, son empalagosos como los que crujen por el suelo en la noche de Reyes: mucho color, pero casi todo azúcar. En esa irrealidad me encontré con situaciones surrealistas como la cena de gala con el capitán, en la que uno debe vestirse “bien” —me prestaron una americana para pasar desapercibido— y los camareros se humillan hasta tal punto que fingen pasarlo bien ejecutando —nunca mejor dicho— una coreografía de algún musical de esos de gente saltando y gritando “¡Wow!”.
Creo que en más de un rostro detecté un deje de vergüenza y restos de orgullo que iban desfilando garganta abajo. Sin olvidar las escalas —en ese caso fueron Marsella, Génova y Palma—, las únicas vías de huir del monstruo, aunque su voracidad nos hacía regresar; lo más surrealista fue encontrarme con pasajeros, la mayoría de los Estados Unidos, que renunciaban a darse un garbeo por Marsella o Génova porque les daba pereza o porque perdían un día de piscina.

Que sí, que lo juro por la discografía completa de Tino Casal, si hace falta. Pero lo peor fue ver en primera línea el rostro del nuevo rico, del hortera que quiere competir con el rico de toda la vida —no se confundan, hablamos de un viaje que, sin contar gastos extras en el casino y los restaurantes, podía rondar los 5.000€ por pareja—, del que acaba creyendo que eso es la verdadera felicidad, con un lujo disfrazado de cenas chachi piruli, acordes de música de ascensor, piscinas con burbujitas y mucha tontería suelta.

Cuál fue, pues, mi sorpresa, cuando hace unos días pude leer ojiplático perdido un par de folletos de una empresa llamada, glups, ¡Cruceros Cristianos! Eso sí, ellos se presentan como un “ministerio” (ejem) “para servir al cuerpo de Cristo con eventos creativos”. Intentar colar que un crucero es un evento creativo, ya de entrada, es un insulto a la inteligencia, y más cuando lo definen como “tiempos de alegría, risa, juegos, conferencias, conciertos, excursiones, y mucho más. Todo en un ambiento cálido cristiano, donde compartimos en salones y excursiones privados”.

Nada en contra de unas risas, claro, pero da algo de grima cuando empiezan a aparecer palabros como privados o lujo. ¿Hace falta detallar por dónde, con quién y contra quién se movió el propio Jesús? No entraré en el tono hortera (eso es muy subjetivo) acerca de la imagen que rodea a esos folletos, pero rizan el rizo con viajes llamados Un nuevo amanecer (creo que ya están promocionando el noveno), un nombre que no tengo claro si me recuerda a una tarde con vendedores sonrientes de Thermomix, a clase de catecismo católico de los años 70 (sí amigos, todos tenemos un pasado) o, directamente, a grupo “religioso” de dudoso corte. Leí hace unos días un acertado e irónico comentario en Facebook acerca de estos cruceros: “¿Serán una de esas plagas apocalítpticas que algunos vaticinan o solo una cuestión de desvergüenza pseudocristiana-VIP?”. Y ahí está la palabra clave: VIP. Jesús se rodeó, visitó y tuvo en cuenta a gente de toda condición y hasta calaña, que no deja de ser una condición humana pero con una connotación más negativa.

Si se echa un vistazo al contenido de esos cruceros todo va resultando más claro, ya que entre sus organizadores, ponentes y artistas (creo, de hecho, que juegan los mismos papeles las mismas personas) se encuentran algunos cantantes millonarios (sí, estoy en contra de que existan millonarios, claro reflejo de una sociedad desigual) a los que no pienso citar (deben tener abogados más potentes que los míos. Si tuviera, claro). Los mismos organizadores animan a otras personas (otras personas con dinero, quería decir) a participar de su amena travesía. Para ello, cuelgan testimonios de viajeros que no tienen desperdicio: “Estimados pastores bla, bla, bla, agradecidos por ese maravilloso crucero, bla, bla, bla. Fueron los mejores días de mi vida y los mejores días de mi matrimonio”.

Sin comentarios. El mismo texto remata diciendo: “Además les cuento que mi esposa llegó embarazada de allá”. Repito, sin comentarios. Un barco de lujo de una compañía de lujo con nombre caribeño y con cabinas suite de lujo y con balcón y vistas al mar ayudan a reforzar un matrimonio. ¿He dicho lujo? Bueno, no me lo tengan en cuenta. Si rascamos un poquito más encontramos una conexión evidente con eso llamado Teología de la Prosperidad. O sea, tener riqueza aquí y ahora, esa es la buena vida.

Que sí, que luego donas dinero a organizaciones, sonríes en pósters promocionales y revistes tu vida de una aureola de santidad que no es más que paternalismo y reparto de limosna lanzando fajos de billetes bajando un poquito el cristal tintado de tu Porsche Cayenne. Si no eres rico es porque no quieres, ceporro, vienen a decir. Que sí, que da grimilla, pero dan forma a doctrinas defendidas desde varias mega-iglesias y por parte de telepredicadores y animadores de shows masivos que nos quieren hacer tragar que el favor de Dios pasa por llenar nuestras arcas.

De que ese llenado se haga en detrimento de otros no dicen nada, menudencias sin importancia. ¿Recuerdan a Margaret Tatcher? Pues por ahí van los tiros: potenciar una supremacía económica a costa de un porcentaje de la población (en su caso llegó al 22%) que vive en la pobreza, sin derechos laborales ni protección social. Ella mismo, pura delicadeza, habló de “parásitos”. Bueno, eso cuando tuvo el detalle de fijarse en esa cuarta parte del país, ya que también tenía claro que no gobernaba para ellos. Que sí, que lo pensaba.
Los pájaros de la Prosperidad van por ahí, aunque con el pelo todavía más crepado (ellas) y con tofas capilares estilo gato muerto (a lo Donald Trump, vaya, ellos). Esa abundancia la claman a través de lo que consideran líderes carismáticos y en eventos la mar de resultones, como los que ofrecen en esos cruceros. Personajes que, en fondo, se creen “pequeños dioses en la Tierra”, tal como se autoproclamó uno de los ideólogos de tan nefasto movimiento, capaz de mezclar prosperidad económica a cascoporro con movimientos de sanación.

Ya saben, aquellas sanaciones que no se producen cuándo y dónde Dios quiere, sino cuándo y dónde quiere (y mejor si hay cámaras grabando) alguno de esos farsantes que no tienen ni idea de a qué se refería Jesús cuando nos hablaba de recibir “vida abundante” y a “tener paz, prosperidad y bienestar”.

Ver como hay pastores que viven en casas de lujo, en ranchos quilométricos y con flotas de coches, caballos y veleros es (y lo sería para Jesús si se diera un garbeo de nuevo por aquí) obsceno, pura pornografía. Y, como dijo John Piper: “Si usted atrae a la gente con promesas de riqueza, vida fácil, salud, y alegría con bromas y cosas similares, usted estará llevando a las personas a una adoración y alegría superficial”. Intento imaginar a Jesús, insisto, paseando por las alfombras rollo persa del hall de un crucero.

Por los camarotes de lujo (¿he dicho lujo?). Ante ensaladeras rebosantes de caviar y gambas rosadas mientras damas de peinado tatcheriano apartan sus joyas, que molestan. Dudo que, tras una opípara comida, nadie le siguiera por un angosto pasillo hasta alguna salita pequeña para hablar de pobreza, de opresión, de la misma ley de Dios que quería proteger a los más desfavorecidos, de miseria, de justicia, de misión integral, de ayudar a los demás sin paternalismos, de hacer, de denunciar, de no oprimir al huérfano y a la viuda (amigos “prósperos”, eso está en la Biblia, ese libro negro que ya no miráis demasiado), de cometer robo y abominación, de privar de justicia a los necesitados y robar sus derechos (en el mismo libro. Sí, ese negro), de manos manchadas de sangre, de mentira y murmullos de maldad, de codiciar ganancias (que síííí, el libro.

Mirad en un tal Jeremías, Bueno, Miqueas también sirve), de estar con los que sufren, Ah, y de algo de un rico que daba sobras y de una viuda que echaba una monedilla. En definitiva, de servir. Y, último consejo, cuidado con las olas; un mareo inesperado y un vaivén estomacal suelen ser malos compañeros del marisco. Disfruten del viaje.
Por: Jordi Torrents
Fuente: protestantedigital.com

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